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domingo, 29 de enero de 2012

Si una tarde de invierno

Libros
Seguro de que aquella frase estaba en aquel libro, me dirigí a la pequeña estantería en la que, sin orden aparente, se amontonaban algunos volúmenes.

La mano, más concretamente mi mano izquierda, fue directa al lugar en el que se encontraba esa vieja edición en rústica.

La frase estaba, más o menos, a mitad del libro. En un pasaje en el que la pareja protagonista mantenía un diálogo sobre su vida en común.

Hojeé rápidamente hacia la mitad del libro y noté algo raro. No recordaba aquella estructura en sus páginas.

Pasajes que eran conversaciones y diálogos, se habían convertido en largos monólogos.

La frase que buscaba la decía Elena. Estoy convencido. Pero no es que no encuentre el pasaje. Es que no hay referencia a Elena en lo que llevo hojeado.

La memoria nos puede jugar malas pasadas. Le estoy dando vueltas, ¿dónde está escrita esa frase? Por más que lo pienso, es en ese libro. Y la evidencia vuelve a darme un bofetón.

Mis ojos vagan entre el resto de los libros, con la convicción de que en ningún otro he leído aquella frase. Y cada cierto número de lomos leídos, bajan al que tengo entre las manos, buscando ansiosos entre las lineas de letras negras.

De pronto mi ojos y mi mano, esta vez la derecha, se fueron juntos hacia el mimo libro. ¡No puede ser! Ni la frase ni el personaje son de este libro. Pero ojos y manos, ahora las dos porque la izquierda había dejado caer el libro que sostenía al suelo, se afanaban en buscar al final del nuevo libro.

Raabe y el farmaceútico se afanaban en cruzar la autopista con la piedra tallada y una vez más pasó el coche frenando y poniéndo los intermitentes. Pero, -¡no puede ser! ¡Es Elena quien conduce!- Raabe dejó caer la piedra del carro y el coche aceleró. ¡No puede ser! Elena me miró riendo a carcajadas y moviendo su mano a modo de despedida. 

No sé cómo lo hice, pero de una carrera llegué hasta la Quickly en la que Raab había dejado puesta la llave en el contacto. Arracó a la primera y conducí como un loco persiguiendo el coche que Elena conducía. 

Dejé de ver las luces traseras del auto pero continúe la persecución a ningún sitio. Al fondo comenzaba a vislumbrarse el lago Baikal, con cuyas cristalinas aguas, dicen, se hace el mejor vodka de Siberia.


5 comentarios :

Paco Muñoz dijo...

Lo cierto es que me ha gustado, eso en primer lugar, pero me desconectan los tres últimos párrafos, es decir no los conecto con los anteriores. Ellos solos pueden ser una pequeña historia. No se. Y luego me pregunto ¿qué es la piedra tallada? Creo que me falta alguna aclaración.
Saludos.

José Javier Navas dijo...

Paco, ¡Qué no llego ni a "juntaletras"! (de las del alfabeto; de las otras unas cuantas.)
En este caso, la piedra tallada lo mimso podría ser un porte de remolacha, un accidente que hace frenar un coche en una carretera.
Muchas gracias. Y por aquí ando a lo que usté tenga a bien preguntarme.

fus dijo...

Me ha gustado tu relato porque tiene intriga y aunque no esta resuelta la composiciòn´, me ha gustado.

un abrazo

fus

fus dijo...

Hola, lo que querìa decirte es que dejas la puerta abierta al personaje de Elena, cuando digo que no està resuelta la composiciòn.En resumidas cuentas que aùn espero que nos diga hacia donde va Elena....me has dejado intrigado.
Perdona sinò me he sabido explicarme en la primera entrada.
un saludo

fus

José Javier Navas dijo...

Gracias de nuevo Fus (Paco). Efectivamente, no se sabe dónde va Elena.
Como ya le comenté al amigo Paco Muñoz, Elena es un pretexto.
Quizá el final de la historia no está suficientemente claro. Pero, ¿quién sabe? igual sólo es el comienzo de otra historia que un día de estos prosiga, y al proseguir aclare el principio.
A esto le sumas mi torpeza y ça-y-est!